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Curso 2011-2012

Itinerario espiritual

 

“En las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49)
El Padre

Vamos a penetrar más profundamente en la única y excepcional relación del hijo con el Padre, que encuentra su expresión en los Evangelios, tanto en los Sinópticos como en San Juan, y en todo el Nuevo Testamento. En los Sinópticos (Mt y Lc) se encuentra, sin embargo, la frase que parece contener la clave de esta cuestión: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27 y Lc 10, 22). El Hijo, pues, revela al Padre como Aquel que lo “conoce” y lo ha mandado como Hijo para “hablar” a los hombres por medio suyo (cf. Heb 1, 2) de forma nueva y definitiva. Más aún: precisamente este Hijo unigénito el Padre “lo ha dado” a los hombres para la salvación del mundo, con el fin de que el hombre alcance la vida eterna en Él y por medio de Él (cf. Jn 3, 16). Muchas veces, pero especialmente durante la última Cena, Jesús insiste en dar a conocer a sus discípulos que está unido al Padre con un vínculo de pertenencia particular. “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío”, dice en la oración sacerdotal, al despedirse de los Apóstoles para ir a su pasión. Pide: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. También en el Cenáculo Jesús dice a los Apóstoles: “Nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre. Cuando se hizo hombre, asumiendo “la condición de siervo” y “haciéndose obediente hasta la muerte” (cf. Flp 2, 7-8), al mismo tiempo se hizo para todos los que lo escucharon “el camino”: el camino al Padre, con el que es “la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Beato Juan Pablo II, Audiencia General (8-VII-1987)

En nuestro plan general de formación en el Seminario, nuestra atención se centra en este curso hacia Dios nuestro Padre, que es a quien Jesucristo ha venido a revelarnos. Jesús desde pequeño, como nos relata el Evangelio, nos invita a centrar nuestra atención y nuestra vida “en las cosas del Padre”, que es el lema que hemos tomado como tema central para el nuevo curso. Son las primeras palabras que Lucas, pone en boca de Jesús en su Evangelio y que nosotros, sus discípulos, queremos cada día pronunciar con nuestras obras. Sabemos que el camino para llegar al Padre y conocerle, es su Hijo Jesucristo, en la medida que más conocemos a Jesús, más conoceremos al Padre. El Seminario es la casa del Padre. Él nos abre sus puertas para que conozcamos las riquezas de su entrañable misericordia, que nos muestra en su Hijo Jesucristo, enviado por Él para nosotros. Cada una de las actividades que en el Seminario se realizan, el estudio, la Liturgia, la convivencia… deben estar orientadas a formar el corazón de verdaderos y auténticos apóstoles de Jesús. En la JMJ de Madrid, el Santo Padre Benedicto XVI, anunciaba la próxima proclamación de San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia, decía así: “Con gran gozo, quiero anunciar ahora al pueblo de Dios, que declararé próximamente a San Juan de Ávila, presbítero, Doctor de la Iglesia universal. Al hacer pública esta noticia aquí, deseo que la palabra y el ejemplo de este eximio Pastor ilumine a los sacerdotes y a aquellos que se preparan con ilusión para recibir un día la Sagrada Ordenación”. Que su vida y escritos nos orienten durante este curso y ayude a los seminaristas a formarse bien tanto intelectual como espiritualmente.

Primer trimestre Segundo trimestre Tercer trimestre
Iglesia Jesucristo Misión
"En la casa de mi Padre"
(Jn 14, 2)
"Nadie va al Padre
sino por mí"
(Jn 14, 6)
"Como el Padre me ha enviado,
así os envío yo"
(Jn 20, 21)

PRIMER TRIMESTRE

"En la casa de mi Padre"
(Jn 14, 2)

Queridos amigos, os preparáis para ser apóstoles con Cristo y como Cristo, para ser compañeros de viaje y servidores de los hombres. ¿Cómo vivir estos años de preparación? Ante todo, deben ser años de silencio interior, de permanente oración, de constante estudio y de inserción paulatina en las acciones y estructuras pastorales de la Iglesia. Iglesia que es comunidad e institución, familia y misión, creación de Cristo por su Santo Espíritu y a la vez resultado de quienes la conformamos con nuestra santidad y con nuestros pecados. Así lo ha querido Dios, que no tiene reparo en hacer de pobres y pecadores sus amigos e instrumentos para la redención del género humano. La santidad de la Iglesia es ante todo la santidad objetiva de la misma persona de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la santidad de aquella fuerza de lo alto que la anima e impulsa. Nosotros debemos ser santos para no crear una contradicción entre el signo que somos y la realidad que queremos significar. Benedicto XVI, Homilía del Papa a los Seminaristas en la Catedral de Madrid, 20-VIII-2011

Cuando estaba Jesús reunido con sus Apóstoles en el Cenáculo, celebrando la Última Cena, y antes de partir para el Huerto de los Olivos, les dirige unas palabras que conocemos como “palabras de despedida”. Les habla de su pronta partida al lugar de donde procedía, junto al Padre, comparando este lugar con una casa donde hay muchas estancias y al que Jesús nos quiere llevar. Esto es la Iglesia, donde nos encontramos con el Padre, por medio de su Hijo en la oración y en los Sacramentos. El trato con Jesús nos hace madurar y nos hace sentir interiormente el Seminario y la Iglesia como nuestra, creando verdaderos lazos de familia entre los que formamos parte de ella. Porque somos el cuerpo místico de la Iglesia, como dice San Pablo, debemos sentirnos plenamente unidos al Señor Jesús, que es la Cabeza, y que sin Él no tendríamos ninguna esperanza de alcanzar la promesa que nos hace: “donde estoy yo estaréis también vosotros”. Es decir, en la casa del Padre, donde hay cabida para todos los que creen en Él y viven unidos a Él. Para ello contamos con la ayuda de nuestra Madre, la Virgen. Ella nos enseña a contemplarlo con los ojos del corazón y a vivir de Él.

SEGUNDO TRIMESTRE

"Nadie va al Padre sino por mí"
(Jn 14, 6)

La Eucaristía, de cuya institución nos habla el evangelio proclamado (cf. Lc 22,14-20), es la expresión real de esa entrega incondicional de Jesús por todos, también por los que le traicionaban. Entrega de su cuerpo y sangre para la vida de los hombres y para el perdón de sus pecados. La sangre, signo de la vida, nos fue dada por Dios como alianza, a fin de que podamos poner la fuerza de su vida, allí donde reina la muerte a causa de nuestro pecado, y así destruirlo. El cuerpo desgarrado y la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la libertad redimida de los hombres. En Él tenemos la promesa de una redención definitiva y la esperanza cierta de los bienes futuros. Por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el silencio de la nada o de la muerte, sino viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra meta y también nuestro principio. Configurarse con Cristo comporta, queridos seminaristas, identificarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima. Configurarse con Él es, en realidad, la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida. Ya sabemos que nos sobrepasa y no lograremos cumplirla plenamente, pero, como dice san Pablo, corremos hacia la meta esperando alcanzarla (cf. Flp 3,12-14). Benedicto XVI, Homilía del Papa a los Seminaristas en la Catedral de Madrid, 20-VIII-2011

Jesús nos enseña que quien le ve a Él, ve al Padre. En la vida del Seminario tratamos en intimidad con Él y aprendemos a adorarlo. Este es el secreto de la santidad, la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. Al igual que los apóstoles, nosotros podemos decir que hemos visto al Señor, en la oración, en la relación con los hermanos, en nuestro trabajo. Para ser los testigos veraces y auténticos que el mundo necesita, es obligada esa vida de intimidad y sinceridad que Jesús nos pide a cada uno. Tal y como les dijo a los Apóstoles, para que su vida fuera fecunda, “permaneced en mi amor”. Sólo así podremos vivir esta intimidad con el Señor, que nos lleva a configurarnos más plenamente con Él. El Papa Benedicto XVI a los jóvenes de todo el mundo en Cuatro Vientos les decía: “Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios. Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría. La fe no se opone a vuestros ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona. Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo”.

TERCER TRIMESTRE

"Como el Padre me ha enviado, así os envío yo"
(Jn 20, 21)

La Eucaristía, de cuya institución nos habla el evangelio proclamado (cf. Lc 22,14-20), es la expresión real de esa entrega incondicional de Jesús por todos, también por los que le traicionaban. Entrega de su cuerpo y sangre para la vida de los hombres y para el perdón de sus pecados. La sangre, signo de la vida, nos fue dada por Dios como alianza, a fin de que podamos poner la fuerza de su vida, allí donde reina la muerte a causa de nuestro pecado, y así destruirlo. El cuerpo desgarrado y la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la libertad redimida de los hombres. En Él tenemos la promesa de una redención definitiva y la esperanza cierta de los bienes futuros. Por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el silencio de la nada o de la muerte, sino viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra meta y también nuestro principio. Configurarse con Cristo comporta, queridos seminaristas, identificarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima. Configurarse con Él es, en realidad, la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida. Ya sabemos que nos sobrepasa y no lograremos cumplirla plenamente, pero, como dice san Pablo, corremos hacia la meta esperando alcanzarla (cf. Flp 3,12-14). Benedicto XVI, Homilía del Papa a los Seminaristas en la Catedral de Madrid, 20-VIII-2011

Jesús nos enseña que quien le ve a Él, ve al Padre. En la vida del Seminario tratamos en intimidad con Él y aprendemos a adorarlo. Este es el secreto de la santidad, la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. Al igual que los apóstoles, nosotros podemos decir que hemos visto al Señor, en la oración, en la relación con los hermanos, en nuestro trabajo. Para ser los testigos veraces y auténticos que el mundo necesita, es obligada esa vida de intimidad y sinceridad que Jesús nos pide a cada uno. Tal y como les dijo a los Apóstoles, para que su vida fuera fecunda, “permaneced en mi amor”. Sólo así podremos vivir esta intimidad con el Señor, que nos lleva a configurarnos más plenamente con Él. El Papa Benedicto XVI a los jóvenes de todo el mundo en Cuatro Vientos les decía: “Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios. Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría. La fe no se opone a vuestros ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona. Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo”.

 

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