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Curso 2012-2013

Itinerario espiritual

 

“Hacia la verdad plena” (Jn 16, 13)
El Espíritu Santo

Nos preguntamos ahora: ¿Quién o qué es el Espíritu Santo?

¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos nosotros a él y él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace?

Una primera respuesta nos la da el gran himno pentecostal de la Iglesia, con el que hemos iniciado las Vísperas:”Veni, Creator Spiritus...", "Ven, Espíritu Creador...". Este himno alude aquí a los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la creación del universo. Allí se dice, ante todo, que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el Espíritu de Dios. El mundo en que vivimos es obra del Espíritu Creador. Pentecostés no es sólo el origen de la Iglesia y, por eso, de modo especial, su fiesta; Pentecostés es también una fiesta de la creación.

El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu Creador de Dios, de la Palabra Creadora de Dios. Por eso refleja también la sabiduría de Dios. La creación, en su amplitud y en la lógica omnicomprensiva de sus leyes, permite vislumbrar algo del Espíritu Creador de Dios. Nos invita al temor reverencial. Precisamente quien, como cristiano, cree en el Espíritu Creador es consciente de que no podemos usar el mundo y abusar de él y de la materia como si se tratara simplemente de un material para nuestro obrar y querer; es consciente de que debemos considerar la creación como un don que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertirlo en el jardín de Dios y así también en un jardín del hombre. Frente a las múltiples formas de abuso de la tierra que constatamos hoy, escuchamos casi el gemido de la creación, del que habla san Pablo (cf. Rm 8, 22); comenzamos a comprender las palabras del Apóstol, es decir, que la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios, para ser libre y alcanzar su esplendor. Benedicto XVI, “Vigilia de Pentecostés 2006”.

El itinerario pedagógico-espiritual de nuestro Seminario nos lleva a lo largo de este curso a profundizar sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad: El Espíritu Santo, su acción en nuestra vida y en la Comunidad eclesial. Por otro lado, nuestro Arzobispo D. Braulio en el plan pastoral, que se inicia este año hasta el 2021 y, que propone para toda la Diócesis, nos invita a reflexionar sobre “La comunión de la Iglesia diocesana y la Iglesia doméstica ayuda a redescubrir la fe”. Este lema está tomado de la carta apostólica del Santo Padre Benedicto XVI, Porta fidei, con motivo del año de la fe que nos acompañará también durante este nuevo curso. Tampoco nos podemos olvidar del Doctorado de San Juan de Ávila, patrón del clero español, en el mes de octubre. Estos son los temas que nos acompañarán este año para profundizar en nuestra fe, aunque, como nos dice el Papa Benedicto XVI en el texto arriba indicado, el Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia, y por tanto, Él es el que nos ha de llevar a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2, 5), ya que el Espíritu Santo es el que formó el Corazón de Cristo en el seno de la Virgen María. A lo largo de este curso pediremos al Espíritu Santo renueve en nuestros corazones lo que recibimos un día en los sacramentos de iniciación.

Primer trimestre Segundo trimestre Tercer trimestre
Iglesia Jesucristo Misión
"Seréis bautizados con Espíritu Santo"
(Hch 1, 5)
"El Espíritu de la verdad, dará testimonio de mí"
(Jn 16, 13)
"Recibid el Espíritu Santo"
(Jn 20, 22)

PRIMER TRIMESTRE

"Seréis bautizados con Espíritu Santo"
(Hch 1, 5)

«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor. Carta Apostólica “Porta fidei” de Benedicto XVI, nº 1.

Estas palabras tomadas del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos hablan de la novedad que Jesús nos trae. Juan el Bautista bautizaba en el Jordán a todos aquellos que se acercaban para expiar sus pecados e iniciar un camino nuevo, ya que el bautismo de Juan era un bautismo de conversión. Con la llegada del Mesías este bautismo será con Espíritu Santo, que nos introduce en esta novedad que no es otra que la vida cristiana, que iniciamos al recibir dicho sacramento. Pero para recibir este sacramento, que nos introduce en la vida cristiana, es necesaria la profesión de fe, que como nos dice el Papa, introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia. El bautismo es la puerta que da acceso a los demás sacramentos, pero al mismo tiempo es la puerta de la fe, donde iniciamos esta comunión con Dios, que es Uno y Trino. El Espíritu Santo, como nos recuerda el Papa en el texto arriba citado, nos guía hacia la verdad plena, que es Jesucristo el Señor. Durante este curso el Espíritu Santo nos acompañará para que nuestro trato con el Señor sea más íntimo y más pleno y aumente en nosotros la filiación, sabernos hijos de Dios que claman a Dios Padre por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y vivir esta dicha de ser hijos de Dios.

SEGUNDO TRIMESTRE

"El Espíritu de la verdad, dará testimonio de mí"
(Jn 16, 13)

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación. Carta Apostólica “Porta fidei” de Benedicto XVI, nº 3.

Llegado el momento de marchar de este mundo para volver al Padre, Jesús durante su discurso de despedida, habla a los discípulos del Espíritu Santo que les enseñará todo aquello que estando con el Maestro no han entendido, abriéndoles la mente, el corazón y fortaleciéndoles ante la adversidad, por eso ante un tribunal no deben preocuparse por lo que van a decir, ya que el Espíritu Santo habla por ellos, como nos refiere la Escritura. Jesús nos enseña que el Espíritu Santo dará testimonio de Él mismo, que es Camino, Verdad y vida. ¡Por obra del Espíritu Santo fue formado en esta Humanidad el Corazón! El Corazón, que es el órgano central del organismo humano de Cristo y, a la vez, el verdadero símbolo de su vida interior: del pensamiento, de la voluntad, de los sentimientos. Mediante este Corazón la Humanidad de Cristo es, de modo particular, "el templo de Dios" y, al mismo tiempo, mediante este Corazón, está incesantemente abierta al hombre y a todo lo que es "humano". "Corazón de Jesús de cuya plenitud todos hemos recibido".

TERCER TRIMESTRE

"Recibid el Espíritu Santo"
(Jn 20, 22)

 

«Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».  Carta Apostólica “Porta fidei” de Benedicto XVI, nº 7.

«Recibid el Espíritu Santo» significa que aceptamos de Él una herencia de gracia y de verdad, que hace de nosotros un solo cuerpo espiritual y místico con Él. «Recibid el Espíritu Santo» significa también hacernos partícipes del reino de Dios, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones como fruto de los sufrimientos y del sacrificio del Hijo de Dios, para que Dios sea todo en todos. Y la fuerza para ser sus testigos nos viene del Espíritu Santo que viene en ayuda de nuestra debilidad. Uno de los objetivos del Plan Pastoral para este año es: redescubrir el camino de la fe para vivir más intensamente la Nueva Evangelización. Cuando escuchamos la invitación a evangelizar, podemos pensar que es sólo para la jerarquía de la Iglesia y la vida consagrada, pero no es así, todos desde nuestra condición de creyentes, estamos llamados a evangelizar, a sembrar la semilla del Evangelio allá donde estemos para que germine y de fruto en el corazón de aquellos que acogen con ilusión y entusiasmo el camino de la fe. También nosotros en el seminario y desde el seminario podemos hacer muy buena labor de evangelización, teniendo un corazón misionero y ofreciendo todas nuestras actividades y obras por los demás, especialmente por los que tienen poca fe.

 

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