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Beato José Sala Picó

 

El nuestro Seminario gozamos con la gracia de Dios de haber tenido un rector que es santo. Se trata del Beato José Sala Picó, que fue Rector de este Seminario y que fue martirizado el día 23 de julio de 1936 alcanzando así la gloria del martirio en la persecución religiosa en que España se vio envuelta en aquel año.

Para conocer más acerca de él, transcribimos a continuación la siguiente homilía predicada en el día de su memoria.


 

Homilía de D. Jaime Colomina Torner en el Seminario Menor, el día 11 de octubre de 2007, memoria del Beato José Sala
[Escuchar homilía]

Datos biográficos

D. Jaime Colomina TornerNacido en Pons (Lleida) el 24 - 6 -1888, diócesis de Seo de Urgell. Familia muy cristiana. D. José recordaba sobre todo a su padre que murió en 1926, estando D. José en Toledo, y no pudo asistir a su entierro. D José tenía un tío paterno sacerdote en An­dorra. A sus 9 años fue a vivir cierto tiempo con él. El fue quien le dio una excelente educa­ción y pagó sus estudios más tarde en el Seminario.

Acabados los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Seo de Urgell, fue orde­nado sacerdote el 15-4-1911. Tanto en su juventud como en su madurez, se mostró siempre muy piadoso y formal. Fue un buen dibujante (siendo rector de este Seminario, ornamentó un año el Monumento de Semana Santa, resultando el mas artístico de Toledo)

Recién ordenado, ejerció en su diócesis de Seo de Urgell diversos cargos pastorales. Pero pronto sintió la vocación a ejercitar sus dotes pedagógicas en la formación de buenos sacer­dotes. Por eso, con el permiso de su Obispo, el futuro cardenal Benlloc, que hizo de él grandes elogios, ingresó en la Hermandad de Operarios Diocesanos el 12-8-1914. Pasó 4 cursos en el Seminario de Segovia, dejando un buen recuerdo, y para el curso 1918-19 fue destinado a Toledo, al llamado "Colegio de San José", que pocos años más tarde, en 1923 quedó conver­tido en el actual Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva.

Para hablar de su carácter, su modo de ser, citaré el testimonio de varios sacerdotes, casi todos fallecidos ya, y que yo he conocido: D. Anastasio Granados; que murió siendo obispo de Palencia, ensalza "la caridad casi maternal de D. José sobre todo con los seminaristas pequeños y más cuando estaban enfermos." Ese talante caritativo y paternal lo experimenté] yo. Una anécdota personal.

No obstante, era riguroso en el cumplimiento del Reglamento, pero a la vez abierto y comprensivo. Un verdadero educador. Siendo ya Rector del Seminario solía darnos él las meditaciones adaptadas a nuestra psicología de niños. Sigo citando a los sacerdotes que siendo jóvenes seminaristas, o recién ordenados, convivieron con él

El mismo Dr. Granados : "Destacaba su espíritu de oración y abnegación", "Era hombre de oración", " con una piedad muy acendrada"

El entonces diácono D. Antonio Vargas recordaba que, cuando en febrero del 36 triunfó el Frente Popular, D. José sintió angustia por lo que se le venía a España, pero reaccionó "y como rector se propuso animar a los profesores y superiores, todos jóvenes para lo que quedaba del curso 1935-36, confiando vivamente en el Corazón de Jesús y sus promesas sobre España".

D. Jaime Flores que fue rector del Colegio Español de Roma, cuando yo estudiaba allí, y era en 1936 Secretario de la Hermandad de Operarios Diocesanos, decía de D. José: "era de carácter más bien humilde. bondadoso , paternal, y que eludía las alabanzas o primeros pues­tos". Predominaban en él "la humildad, la  sobriedad, el espíritu de pobreza... La mayor ca­racterística, la humilde bondad". Se hacía casi niño con nosotros, los niños.

D. Guillermo Valle, superior de este Seminario cuando yo estudiaba, dice : "D. José era muy piadoso, mortificado y exactísimo en el cumplimiento del deber para sí y para los demás".

D. Casimiro Sánchez Aliseda certifica: "lo que sobresalía en D. José era la abnegación, la pureza y el amor a sus súbditos".

D. Tomás Torrente, que era Operario mayordomo o administrador del Seminario, decía de D. José : "Desempeñó sus cargos muy bien, con prudencia y discreción y verdadero celo, atendiendo a los seminaristas para los que era como una madre, especialmente si estaban enfermos".

D. Andrés Verge, rector entonces del Seminario Mayor, afirma : "Trataba con cada uno en particular y conocía muy bien a sus discípulos y hasta a sus familias... advertía, corregía, alentaba a todos como madre cariñosa y solícita... Parecía a veces adusto, pero ¡qué grande era su corazón! ... Esa grandeza la experimenté más de una vez cuando uno queda como agobiado, aplastado por la contradicción, cuando se necesita la mano del amigo, la palabra del herma­no... Y eso fue para mí muchas veces nuestro D. José"

Cito por último a un sacerdote, aun venturosamente vivo con más de 90 años, D. Victorio Garrido sobre su humilde espíritu de obediencia : "Llamaba la atención la gran docilidad que mostraba D. José para con el rector del Seminario Mayor, a quien de algún modo consideraba superior suyo"

El martirio

Fue en las primeras horas de la mañana del 23 de julio. Después del triunfo del Frente popular en febrero el odio a la Iglesia se respiraba en las calles : insultos, blasfemias, amenazas, cuando pasaba un sacerdote o incluso algún seminarista niño, como yo. Los críos no éramos del todo conscientes de eso; pero los mayores presentían la catástrofe y el martirio. El, citado D. Victorio dice que "puedo afirmar de D. José que, cuando nos hablaba a los mayores (él era diácono ya) en las meditaciones sobre la vida de los mártires con mucha unción, expre­saba el deseo de que Dios nos concediera esa gracia".

El ya citado D. Jaime Flores llegó a Toledo acompañando al Superior general de la Her­mandad, el beato Pedro Ruiz de los Paños, el 16 de julio por la noche. El 17 y 18 pudieron constatar que casi no se podía salir a la calle, al menos con sotana. El 19 supieron que se había sublevado el ejército en África y otros lugares de la península. El ambiente callejero era de odio y guerra. El 21 Moscardó, gobernador militar de Toledo, declara a las siete de la mañana el "estado de guerra"; uniéndose a los sublevados. Había concentrado ya en el alcázar fuerzas, armas y vituallas para resistir unos días temiendo el ataque de Madrid. Llegaron a reunirse entre combatientes y familiares unas 2.000 personas. Se encerraron y aguardaron el ataque de las fuerzas de Madrid, a las que resistieron en las murallas durante la tarde121 y la mañana del 22. Ya al final de la tarde del 22 comenzaron las matanzas de sacerdotes y laicos por las calles y plazas y en el Tránsito. Durarán hasta el 24 de septiembre.

D. José, con D. Pedro, D. Jaime y algún superior más que aun no había marchado de Toledo permanecieron el 22 hasta las 9 de la noche en el Seminario, (animándose para el martirio que veían ya casi seguro). Por eso se dieron la comunión en forma de viático, consu­miendo todas las formas para evitar el sacrilegio. Luego decidieron salir del Seminario para evitar daños al edificio y a las hermanas que lo atendían por parte de los milicianos, si compro­baban que allí no había ya curas. D. Jaime pudo viajar a Madrid y se salvó. D. Pedro y D. José buscaron refugio en casa de un amigo maestro, que los aceptó, pero un vecino radical se opuso a que entraran curas en ese edificio. Entonces se refugiaron en casa del sacerdote D. Álvaro Cepeda, calle Santa Isabel, 22,cuya hermana los acogió.. Durmieron allí y a las 7,30 de la ma­ñana, cuando desayunaban, entraron los milicianos en busca de D. Álvaro, llevándose a los tres al saber que los otros eran también curas.

Se los llevaron con los brazos en alto hacia la calle de Santo Tomé. Según cruzaban una '' de esas callejuelas comenzaron a discutir los milicianos si sería mejor fusilarlos allí mismo; pero un vecino, con cierta autoridad en las izquierdas se opuso para que no dejaran los cadá­veres tirados en las puertas. Entonces se dirigieron por Santo Tomé y la calle del Angel hacia una antigua fábrica de harinas convertida provisionalmente en prisión, que estaba en la calle de los Reyes Católicos. Allí les dijeron que aquello estaba lleno, que fueran a otra parte. Coincidió entonces que pasó un coche en el que iba el Dr. Rivera, padre del siervo de Dios José Rivera. Era médico y le llevaba en un coche un jefe miliciano para que atendiera a una parturienta en la vecina Maternidad. Paró el coche, se bajó el miliciano y dijo al conductor que llevara a la Maternidad al médico. El habló con los milicianos, se enteró de quienes eran los tres presos, avanzaron hasta la entrada del Paseo del Tránsito, y les dijo que no valía la pena seguir adelante. Allí mismo, él y los otros dispararon a quemarropa sobre los tres mártires. Eran aproximadamente las nueve de la mañana.

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