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La Vocación de San Mateo de Caravaggio

 

Te encuentras ante una de las grandes obras de un pintor único, Caravaggio (1571-1610): "La Vocación de San Mateo". Una pintura puede encerrar muchos detalles que, si no nos son explicados, permanecen ocultos. Te invitamos a recorrer con nosotros los pormenores catequéticos de este extraordinario lienzo para descubrir la belleza del mensaje que se oculta tras los trazos y los colores.

 

 

 

Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:

- ¡Sígueme!

Él se levantó y lo siguió.

Y, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores que habían acudido, se sentaron a comer con Él sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:

- ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?

Jesús lo oyó y dijo:

- No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos. Aprended lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Mt 9, 9-13

 

Luces y sombras

En primer lugar, destaca en esta obra, el fuerte contraste entre la luz y la oscuridad. La escena está en penumbras y sólo es iluminada por un potente haz de luz que entra sobre la cabeza de los personajes de la derecha: Jesús y su discípulo Pedro. Esa luz ilumina la escena y hace emerger los gestos, las manos y parte de la ropa de los personajes.

Cristo trae la luz a este espacio oscuro que parece ambientarse en el lugar de trabajo de unos recaudadores de impuestos que se sitúan a la izquierda de la escena y se afanan en contar sus monedas.

La pintura refleja así la colisión entre dos mundos: el ambiente mundano de Leví, que se inclina sobre el dinero, y la luz de Dios, la cual entra en diagonal con la mano de Cristo.

Su entrada no tiene nada de deslumbrante; su luz y su mensaje no obligan a caer de rodillas, sino que sugieren, invitan, muestran. De hecho, de entre los personajes de la izquierda algunos no la perciben o son indiferentes a la misma y continúan con su interés en contar su dinero.

Jesús entra en la vida de una persona para iluminar su oscuridad. Lo hace no de un modo espectacular, sino mostrándose en la sencillez de lo cotidiano y en la pobreza de sus mediaciones. De esta manera, deja margen a la libertad humana: nunca obliga, siempre invita. ¡Qué diferente es la manera con que el mundo nos seduce, imponiendo unas modas en el vestir, un modo concreto de ser joven, un estilo de vida que se dice "moderno"!

 

Las vestiduras

El contraste de luz va acompañado de aquel otro que se establece entre las vestiduras de los personajes: Cristo y S. Pedro están caracterizados con sus ropas propias, como vestirían en el s. I. En cambio, los recaudadores de impuestos están vestidos con ropajes propios del s. XVI.

La llamada del Señor atraviesa el tiempo y llega hasta nuestro hoy. De este modo la escena se desarrolla fuera del tiempo histórico para hacer entrar al espectador en el relato evangélico, implicarlo, interrogarlo y hacerle sentir como protagonista de este diálogo que se renueva en la vida de cada persona.

Igualmente los pies desnudos de Jesús y su discípulo contrastan con el lujo exhibido por los recaudadores y nos hablan de dos modos distintos de vida: uno, el de Jesús, libre, desprendido de todo, preparado para caminar, servir y entregarse. Otro, el de los recaudadores, pesados, enfrascados en sus intereses, como si se hubieran condenado a sí mismos a vivir encerrados en la oscuridad, casi incapacitados para ver la luz. No es casual que uno de los compañeros de Mateo lleve gafas, casi como si lo hubiese cegado el dinero.

 

Las manos

Es fácil reconocer el parecido entre el gesto de Jesús apuntando a Mateo, y el gesto de Dios al despertar a Adán en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. La llamada que hace Jesús viene a concretar la primera que hace Dios a todo hombre cuando lo llama a la existencia. Dios tiene un proyecto de amor para cada uno de nosotros. Ese proyecto nos lo revela Cristo y en Él se nos ilumina. Acoger su voz es dejarse crear de nuevo por Él y a imagen de Él, el Hombre nuevo.

El gesto de Cristo lo repite S. Pedro, símbolo de la Iglesia Católica que media entre el mundo divino y el humano. La Iglesia, con el Papa a la cabeza, es la prolongación hoy de la humanidad de Cristo, portadora de su gracia e instrumento de su salvación. Jesús llama hoy a través de la Iglesia para colaborar con Él en la obra de su Redención. Hemos de vivir en comunión con ella, reconocer en ella la voz, los gestos y el amor de Jesús y preguntarnos: "Señor, ¿qué misión has pensado para mí en el seno de tu Iglesia?"

 

La cruz

Sobre la mano de Cristo vemos una ventana abierta, cuyo parteluz en forma de cruz, anuncia el horizonte de la vida de Cristo, su muerte y su resurrección, y también, de algún modo, el camino del que acepta escuchar y seguir su llamada.

De este modo, se establece un nuevo contraste entre la ocupación de los recaudadores, contando dinero, y la vida a la que se está llamando a uno de ellos. Es el contraste entre dos modos de concebir el éxito de la vida o el camino de la salvación del mundo. Por un lado, parece más eficaz la actividad económica y más rentables las ocupaciones materiales e inmediatas, mientras que la cruz parece el culmen del fracaso. Sin embargo, aquel modo de vida está encerrada en sí mismo, se vuelve ciega para descubrir luz más allá de los engañosos brillos de las monedas y se convierte en esclavitud y tristeza. En cambio, Cristo redimió el mundo por el camino de la cruz, sólo por ella los pecadores son perdonados y el mundo es llenado de la luz divina. Y, desde entonces, la cruz se ha convertido en el mayor signo de entrega, de generosidad y de amor desinteresado. Y esto es lo que llena la vida de sentido y de gozo.

La vocación de S. Mateo es, por tanto, la llamada a un nuevo nacimiento, al paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz.

El cuadro, en su conjunto, capta el momento más dramático de la acción. Cristo extiende su mano para señalar a Mateo, quien a su vez se señala como sorprendido. Él tiene que decidir entre seguir su vida anterior rodeado de oscuridad, con los ojos siempre hacia la tierra y con la mirada triste y sin esperanza de salida, o su vida futura como seguidor de Jesús, que le invita a alzar la mirada a lo alto, percibir la luz del amor de Dios, ayudar a otros a abrirse a este modo nuevo de existencia en Dios y descubrir la alegría personal en la alegría de los demás y en la alegría de Dios que desborda de gozo por cada corazón que se abre a Él.

La escena refleja el instante en el que la gracia pasa por la vida de Mateo. Cristo espera su respuesta... y también la tuya.

 

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